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26/02/2026

El desafío de entender el mal sin justificarlo

Fuente: telam

La filósofa Susan Neiman descifra la delgada línea entre explicar lo imperdonable o terminar por banalizarlo

>El 1 de noviembre de 1755, la ciudad de Lisboa fue sacudida por un terremoto que destruyó iglesias, arrasó barrios enteros y dejó miles de muertos. Para los pensadores ilustrados, bastaba mencionar “Lisboa” para evocar la ruptura de toda confianza en el orden del mundo; en el siglo XX, según Susan Neiman, esa palabra fue sustituida por otra: Auschwitz. Si Lisboa simbolizaba el sufrimiento inocente causado por la naturaleza, Auschwitz se transformó en emblema de el mal radical y el horror planificado por la acción humana. En su ensayo El mal en el pensamiento moderno, Neiman toma como eje esta comparación: analiza cómo la filosofía moderna, desde la Ilustración hasta nuestros días, ha intentado responder al desafío del mal bajo distintas formas, abarcando desde el desastre natural hasta la violencia organizada.

Para Neiman, el terremoto de Lisboa y el exterminio de Auschwitz marcan los polos entre los que oscila la pregunta más incómoda de la filosofía: ¿cómo es posible que el mal destruya la confianza en el sentido, la justicia y la razón?

Neiman, nacida en Atlanta en 1955 y formada en Harvard bajo la dirección de John Rawls y Stanley Cavell, ha dedicado su vida a examinar la intersección de la metafísica, la ética y la política. Como directora del Foro Einstein en Potsdam, su biografía —que abarca la militancia contra la guerra de Vietnam, la docencia en la Universidad de Yale y Tel Aviv, y su residencia en Berlín— muestra que para ella la cuestión del mal no es solo un asunto académico, sino una pregunta que atraviesa contextos históricos y personales concretos.

Neiman sostiene que el problema del mal establece un vínculo entre la metafísica y la ética. Así, examina las posiciones de figuras como Leibniz, Kant, Hegel, Nietzsche y Schopenhauer, pero también de otros menos habituales en los manuales, como Pierre Bayle, Freud, Camus, Emmanuel Levinas y Hannah Arendt.

El recorrido se organiza en torno a dos distinciones: por un lado aquellos que piensan que existe un orden rector más allá de las apariencias y quienes confían solo en la experiencia sensorial; y por otro, quienes creen que debemos tratar de comprender el mal frente a aquellos que sostienen que hacerlo sería inmoral, porque toda explicación equivaldría a una justificación.

A lo largo de El mal en el pensamiento moderno, Neiman muestra cómo la filosofía europea, desde la Ilustración hasta el siglo XX, se obligó a repensar sus premisas cada vez que el mal, ya fuera en forma de catástrofe natural o violencia humana, ponía en crisis la confianza en la razón. El terremoto de Lisboa, seguido siglos después por Auschwitz, marcan dos momentos en los que la pregunta por el mal exigió a la filosofía revisar sus propias herramientas: primero, la fe en el orden natural; luego, la creencia en el progreso histórico.

Neiman argumenta que la discusión sobre el mal trasciende la teología: se convierte en una interrogación sobre la inteligibilidad misma del mundo. Si el mal existe —ya sea como dolor inmerecido o crueldad deliberada—, entonces las categorías tradicionales de sentido, orden y progreso se tambalean. Para Neiman, ese es el verdadero “problema filosófico fundamental”: el mal desafía no solo la moralidad, sino la posibilidad de entender el mundo como algo coherente.

A partir de ahí, la autora expone distintas respuestas. Neiman distingue entre quienes mantienen la esperanza en un orden trascendente —como Leibniz, que afirma que vivimos en “el mejor de los mundos posibles” y busca una armonía oculta tras la apariencia del caos— y quienes, como Voltaire, Hume o Schopenhauer, insisten en que el mal es una realidad sin justificación metafísica y que la tarea filosófica es no encubrirlo con consuelos.

En el tramo final, Neiman centra la reflexión en Auschwitz para mostrar un desplazamiento en la cultura contemporánea: después del siglo XX, la filosofía deja de situarse en los héroes o en la confianza en el sentido, poniendo el foco en la memoria de las víctimas y en los límites de nuestra comprensión. Ese viraje, que empezó como un acto de reconocimiento, terminó —según advierte Neiman— generando una dinámica donde la condición de víctima adquiere prestigio y la atención se aleja de la búsqueda de sentido.

En este contexto, Neiman plantea si aún es posible pensar el mal sin resignarse al cinismo ni caer en explicaciones que, al intentar comprenderlo, corran el riesgo de justificarlo. La propuesta que recoge de Kant, Rousseau y Arendt es no abandonar la pregunta filosófica fundamental ni renunciar al juicio ante la incertidumbre y el sufrimiento. Frente al escepticismo o la desesperanza, Neiman defiende buscar fundamentos de reflexión autónoma que no se sometan a dogmas ni a redenciones automáticas.

♦ Susan Neiman (Atlanta, 1955) es filósofa moral, ensayista y directora del Foro Einstein en Potsdam.

Fue profesora en la Universidad de Yale y en la Universidad de Tel Aviv antes de instalarse en Alemania. Sus libros, premiados por la organización literaria PEN y por la Academia Americana de Religión de EE.UU., abordan desde la Ilustración hasta los dilemas contemporáneos del juicio moral y la responsabilidad.

Fuente: telam

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