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12/02/2026

La Usina del Arte, el gigante eléctrico que iluminó la ciudad: del abandono a convertirse en faro cultural de Buenos Aires

Fuente: telam

El histórico edificio de Dársena Sur es parte de la historia de la ciudad y su transformación. De potrero de un incipiente club a recibir la visita de Barack Obama

>Imponente y silenciosa, la Ese predio guarda también una historia singular y profundamente barrial. A comienzos del siglo XX, cuando aún era un terreno baldío junto al puerto, fue escenario de partidos improvisados de fútbol entre jóvenes del barrio. De esos encuentros nació el Club Atlético Boca Juniors y, con él, una identidad popular que quedó ligada para siempre a ese rincón del sur porteño.

La antigua Usina Ítalo-Argentina de Electricidad se levantó en el borde portuario como pieza clave del engranaje productivo de la ciudad. Durante décadas proveyó energía a hogares, fábricas y muelles, hasta que el avance tecnológico y las transformaciones del sistema energético la dejaron fuera de servicio e iniciaron un prolongado período de abandono. Recién en el siglo XXI ese coloso recuperó su vitalidad al convertirse en un espacio cultural de referencia: un nuevo faro para el sur de Buenos Aires, donde la fuerza que antes generaba electricidad hoy se transforma en arte.

Entre fines del siglo XIX y los primeros años del XX, Buenos Aires dejó de ser una ciudad portuaria de escala modesta para transformarse en una capital vibrante, marcada por el pulso de la inmigración y el vértigo del progreso. Miles de europeos —principalmente italianos y españoles— desembarcaron en sus muelles trayendo oficios, lenguas, sueños y nostalgias. Poblaron conventillos, fundaron talleres, astilleros y pequeñas fábricas en barrios como La Boca, San Telmo y Barracas. El puerto se consolidó como el gran motor económico del país, y el sur porteño, aún áspero y ribereño, cobró una vitalidad inédita.

La expansión urbana avanzó sobre terrenos baldíos y zonas anegadas, y con ella creció la necesidad de servicios e infraestructuras capaces de sostener esa modernidad en construcción. La electricidad, símbolo de futuro, dejó de ser un lujo exclusivo para convertirse en una urgencia. Iluminaba calles, prolongaba la vida nocturna, impulsaba tranvías, alimentaba fábricas y permitía el crecimiento del comercio y la industria. Empresas de capital extranjero invirtieron en la instalación de usinas, subestaciones y redes eléctricas que tejían una cartografía invisible bajo el cielo porteño, conectando a la ciudad con los avances tecnológicos del mundo.

Así, la construcción de la Usina Ítalo-Argentina de Electricidad no solo respondió a la demanda creciente de energía, sino también a una visión arquitectónica de vanguardia: el edificio fue proyectado con una fachada de ladrillo a la vista, detalles ornamentales y una estructura pensada para albergar maquinaria pesada. Se incorporaron soluciones técnicas innovadoras para la época, como sistemas de ventilación y grandes ventanales para la entrada de luz natural, integrando estética y funcionalidad en una obra que buscaba expresar el poderío industrial y la ambición de la ciudad.

En ese escenario de obreros portuarios, silbatos y sirenas fabriles, la vida cotidiana incluía no solo el trabajo arduo, sino también la organización comunitaria en clubes, bibliotecas populares y asociaciones mutuales, que ofrecían contención y construían identidad. El fútbol, recién llegado, se transformaba en pasión de masas.

El proyecto fue encomendado al arquitecto italiano Giovanni Chiogna, nacido en Trento, quien imaginó mucho más que una central eléctrica: diseñó un verdadero “palacio de la luz”. En tiempos donde la identidad de una empresa se comunicaba a través de la arquitectura, Chiogna eligió un lenguaje neorrenacentista lombardo, con reminiscencias florentinas y medievales, para otorgar al edificio una presencia cívica y monumental, propia de un espacio destinado a custodiar el futuro.

La primera etapa se completó en 1916 con la inauguración del edificio principal, al que luego se sumaron ampliaciones como la torre-reloj y la elegante escalera artística, incorporadas en 1926. La central, equipada con tecnología de avanzada para la época, abastecía a hogares, industrias y al puerto, incluso atravesando momentos críticos como laCon 7.500 metros cuadrados originales, la usina se imponía en un entorno portuario desolado, destacándose como una fortaleza moderna junto al río y marcando un hito en el paisaje industrial de Buenos Aires.

Durante décadas, acompañó la expansión urbana iluminando avenidas, facilitando la vida nocturna y sosteniendo la actividad portuaria. Sin embargo, hacia finales de la década de 1970, la irrupción de nuevas tecnologías y modelos energéticos la volvieron obsoleta. El cierre de la usina marcó el inicio de una etapa de abandono: las turbinas se detuvieron y la estructura quedó expuesta al desgaste y el olvido.

El verdadero renacimiento llegó en el siglo XXI, en 2001, cuando el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires adquirió el edificio y lanzó un ambicioso plan de restauración y puesta en valor. La intervención priorizó el respeto por la estructura y los materiales originales, rescatando detalles industriales como columnas de hierro, ventanales y ladrillos centenarios, que fueron integrados a una nueva lógica cultural. La superficie total fue ampliada hasta los 15.000 metros cuadrados y, en 2012, el edificio reabrió sus puertas bajo el nombre de Usina del Arte, con una nueva misión vinculada a la vida cultural de la ciudad.

Desde las zapatillas embarradas de los primeros jugadores de Boca Juniors hasta la alta costura impoluta y colorida de Ruiz de la Prada, y desde las calderas y turbinas ruidosas hasta las más finas teclas de un piano, así de ecléctica sigue siendo la Usina: un espacio que, definitivamente, estaba destinado a ser luz de la cultura porteña.

Por sus escenarios pasaron referentes de la música argentina y latinoamericana como David Lebón, Hilda Lizarazu, Rubén Rada, Litto Nebbia, Luis Salinas, Nahuel Pennisi, Airbag, Trueno, Nicky Nicole, Tini Stoessel, entre cientos más. También fue la sede de festivales como el BAFICI, Ciudad Emergente, el Mundial de Tango y Color BA.

No es todo: recibió a figuras internacionales como la primatólogaAsí, el edificio que alguna vez sostuvo la expansión eléctrica de Buenos Aires hoy irradia cultura y creatividad. Donde antes vibraban turbinas, ahora resuenan violines, voces y aplausos. Ese mismo espacio que fue testigo del barro portuario y del nacimiento de uno de los clubes históricos se transformó en faro cultural del sur porteño.

Fuente: telam

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