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10/02/2026

De la familia que se salvó del Holocausto a un cáncer que se llevó lo más querido: Ricky Sarkany cuenta su historia

Fuente: telam

El empresario argentino, cuarta generación dedicada al calzado, acaba de editar una autobiografía donde recorre su vida, la de su familia, la del país. Infobae Cultura publica un capítulo del libro

>La capacidad de Catalina y Esteban Sarkany para reconstruir su vida tras sobrevivir a la Shoá marcó el origen de una de las firmas emblemáticas de la moda argentina. Tras experimentar el horror de Auschwitz-Birkenau y los trabajos forzados en Europa, ambos llegaron a Buenos Aires, donde encontraron en el oficio zapatero una manera de dejar memoria y afirmar el futuro. En ese marco, creció Ricky Sarkany, quien llevó el legado familiar a la cima del diseño nacional, enfrentando desafíos sociales y personales y consolidando una propuesta creativa con proyección internacional.

Sarkany: memorias de un zapatero describe también la resistencia frente a las circunstancias adversas: Ricky Sarkany y su equipo sortearon sucesivas crisis argentinas, incluyendo etapas de hiperinflación y devaluaciones recurrentes, sorteando además el impacto de la pandemia de COVID, una etapa en la que, mientras la industria se paralizaba, lograr “sostener al equipo y seguir vendiendo” fue un desafío central. Sarkany narra sus travesías a Nueva York en búsqueda de inspiración, y cómo su regreso a los talleres de Buenos Aires consolidó un vínculo con sus raíces y con su equipo de trabajo.

A continuación, Infobae Cultura comparte de forma exclusiva un capítulo del libro.

Sofía siempre fue responsable y cuidadosa con su salud. Se revisaba todos los lunares y cualquier mínima señal que pudiera encender una alarma. Por eso, cuando comenzó a tener algunas pérdidas, no dudó.

—Te puedo pasar el teléfono de una ginecóloga excelente —le dijo una compañera de trabajo—. Es muy conocida, tiene buena reputación. Queda cerca de tu casa.

—Debe ser una alteración en tu ciclo hormonal. Mientras lo observamos, te voy a hacer el pap anual.

—Deben ser nervios. Recién te mudaste con tu novio, ¿no? El estrés puede causar estas irregularidades.

—Te controlo en un año.

Yo estaba en Rusia, en pleno Mundial 2018. Hacía videollamadas con las chicas para mostrarles la previa de cada partido y la alegría y la euforia de la gente. Después del último enfrentamiento de la fase de grupos, emprendí el regreso. Estaba en un avión rumbo a Londres, desde donde partiría hacia Miami para luego ir a Buenos Aires, cuando recibí un mensaje de Graciela: “Nuestro médico clínico quiere vernos de inmediato”.

Aterricé en Ezeiza a las siete de la mañana y a las nueve ya estaba en el consultorio de la especialista.

—¡No puede ser, no puede ser! Yo quería tener hijos con Tomi.

—La muestra era insuficiente. Se recomendaba repetir el estudio.

A veces me preguntan por qué no iniciamos acciones legales. Yo nunca podría mirar a la cara a esa médica. Imagino que vive con un gran peso en su conciencia: el caso tomó estado público, así que sin duda sabe lo que pasó. Quizá la espera latente de mi visita es un castigo peor que cualquier demanda.

—Intervenir ya. Aquí hay buenos profesionales —respondió—, pero el mejor está en Estados Unidos.

De ahí mismo, sin turno, fuimos al Diagnóstico Maipú. Conocemos y confiamos mucho en Patricia Carrascosa, que ordenó una resonancia y una tomografía en el momento.

—Hay que hacer un PET para ver si alguna otra zona de su cuerpo está comprometida —explicó la doctora.

Fuimos al Hospital Italiano, donde podían operarla, pero Sofía ya le había escrito al médico de Houston que le había recomendado la especialista en matriz. En el email le decía que era argentina, que acababa de recibir ese diagnóstico y que necesitaba ayuda. El médico estaba casado con una argentina, por lo que la consulta le llamó la atención.

En Estados Unidos nunca muestran la menor expresión antes de dar un parte: ni alivio ni gravedad, nada que pueda condicionar a los familiares del paciente. Nos acompañó a una oficina, cerró la puerta y recién entonces lo vi sonreír.

Escuchar esa frase después de tantas horas de incertidumbre fue como volver a respirar. Nos concentramos en el final, “Sofía está curada”. El complemento circunstancial “en este momento” perdió fuerza ante la enorme alegría que nos cubrió.

Después de un posoperatorio fluido —al día siguiente ya la hicieron caminar—, la llevaron en silla de ruedas hasta una campana y le contaron:

Sofía agarró la soga, la sacudió con fuerza y todo el pasillo estalló en aplausos. Fue un instante de triunfo en medio de la tormenta.

Creímos que lo peor había pasado. La operación había sido un éxito y el informe patológico de Houston fue minucioso, de varias carillas: cada ganglio revisado, cada tejido, cada célula analizada. En él se indicaba que Sofía estaba libre de cáncer y solo se llamaba la atención sobre una mínima filtración del tumor primario, algo que los médicos calculaban que era muy reciente. Eso significaba que una célula podría haber migrado y que había riesgo de que quedara algo latente. No les preocupaba en exceso e indicaron tratamiento preventivo:

Esa indicación abrió otro capítulo en la vida de Sofía. Como la radioterapia podía dañar sus ovarios y ella quería tener hijos propios, decidió congelar óvulos primero. Sofía cumplió con todas y salió convencida de que estaba curada. Nosotros también. Teníamos la ilusión y la necesidad de cerrar esa historia. Como si fuera un festejo de cumpleaños, la esperamos con globos en la vereda de la clínica.

Hasta que apareció algo tan simple como inquietante: una tos rara. Estábamos en Punta del Este cuando Graciela la escuchó y se preocupó.

El clínico la revisó, no le encontró nada y le dijo que tomara un antialérgico. Pero Sofía, que ya había aprendido a verificar cuando una respuesta no la convencía, decidió pedir una placa de tórax. En el Diagnóstico Maipú, la doctora Carrascosa, que sabía por todo lo que habíamos pasado, le propuso:

Esa decisión probablemente le ganó tiempo. Sin embargo, también le devolvió un golpe al mentón que ni ella ni nosotros esperábamos: la imagen mostró una lesión en el mediastino, la región central del tórax que contiene el corazón, los grandes vasos sanguíneos, la tráquea y el esófago.

El hallazgo nos desconcertó. El cáncer de cuello de útero suele hacer metástasis en la pelvis, pero ahí estaba esa nueva lesión en el pecho, acompañada de algunas manchas en el pulmón que había que examinar más a fondo. La doctora nos explicó que debíamos consultar con un oncólogo:

Nos pusimos en manos de un profesional del Hospital Italiano.

Entonces cayó la pandemia sobre el planeta. Nosotros vivíamos en nuestro micromundo y, si bien como todos los seres humanos enfrentamos algo desconocido con temor, al menos no sentíamos que el encierro fuera una condena, algo que le pasó a mucha gente. Para nosotros fue una oportunidad para estar más cerca de Sofía. Podíamos llevarla y traerla a sus tratamientos, pasar días enteros juntos, tener charlas largas que, de otra manera, quizá no hubieran ocurrido. Ella comenzó a entrenar conmigo, como si ese esfuerzo compartido fuera también una manera de plantarle cara a la enfermedad.

Sofía honraba esta idea. Se sostenía con una fortaleza admirable. Antes de que se le cayera el pelo por la quimioterapia, se mandó a hacer una peluca con su propio cabello y se hizo microblading en las cejas. No quería verse “enferma”. En cada sesión, se maquillaba y se ponía aros nuevos. Tenía un libro de gratitud al que cada día le dedicaba un tiempo para anotar cosas buenas que le iban pasando.

—Papá, si me muero, hacé que Félix se acuerde de mí.

Después de varias sesiones de quimioterapia, la pierna se le hinchó mucho y comenzó a dolerle. Le hicieron una resonancia y ahí apareció una nueva metástasis, esta vez en el hueso. El médico nos recomendó viajar a Houston para explorar nuevas alternativas.

Mientras tanto, sus piernas seguían hinchadas y el dolor aumentaba. Le hicieron drenaje linfático y le propusieron la aplicación de rayos circunscriptos a la zona de la metástasis.

Lo cierto, sin embargo, es que Sofía comenzó a estar peor cada día.

Nada de esto impidió que se cumpliera uno de sus grandes sueños: contrajo matrimonio con Tomi en una ceremonia muy íntima en Palm Beach. Pasaron la noche de bodas en el hotel The Breakers, un lugar que a ambos siempre les había encantado.

Sofía estaba durmiendo con nosotros y no con Tomi porque en cualquier momento podían llamarlo para decirle que el bebé había nacido y que tenía que salir corriendo a la clínica, que quedaba en Orlando. Ella dormía en una habitación al lado de la nuestra, con Clarita.

—Está naciendo Félix. Está naciendo Félix.

—No, pero estoy segura: está naciendo Félix.

Sofía pudo ver el nacimiento de Félix en una videollamada. Y yo tuve el reflejo —no sé de dónde saqué esa lucidez— de grabarla con mi teléfono mientras ella veía a su hijo venir al mundo en el suyo. Esas imágenes nos quedaron para siempre: su mirada fija en la pantalla, llorando de emoción, testigo del nacimiento de su hijo soñado. Un recuerdo que me va a acompañar toda la vida.

Félix recibió el alta a las veinticuatro horas, por lo que a la tarde siguiente ya estaba en brazos de Sofía. Mientras lo tenía a upa, el bebé abrió los ojos y la miró. Un momento mágico. Al rato, se quedó dormido, y así, juntos, descansaron esa noche.

Ella se aferraba a la misma idea: “Quiero un milagro”, repetía.

Al otro día volvimos para los rayos, pero como le faltaba el aire, quedó en observación. Intentamos conseguir un equipo de oxígeno con el cual volver al departamento, pero se había agotado el stock en pandemia. Preguntamos si Félix podía estar con ella en el hospital, pero tampoco fue posible, ya que suponía un riesgo para el bebé en tiempos de covid.

Ella tenía un libro de gratitud y cada día le dedicaba un tiempo a agradecer las cosas buenas de la vida. Fue entonces cuando escribió: “Ya está, Katy, tengo que continuar sola mi propio camino”. Yo también sentía que mi mamá la estaba cuidando.

—Fui muy feliz, los amo.

Comenzaron los pitidos de las máquinas, entraron los enfermeros y nos dijeron que debían llevarla a terapia intensiva. Llamamos a Tomi, que llegó enseguida. Cuando entró, se sentó con ella y le preguntó si tenía miedo. Sofía respondió que no.

Nos quedamos tres días enteros en la clínica. Aunque en Estados Unidos no es común que los familiares pasen la noche, nosotros no pensábamos movernos de ahí, así que nos habilitaron una sala que solía usarse para servir café y bebidas. Graciela y yo dormimos ahí, entre el piso y un sillón.

Cuando le comenzó a bajar la presión, nos dijeron que era momento de decir adiós.

Sus hermanas y Tomi se dedicaron a hablarle, le pusieron su canción preferida (“Forever Young” en la versión de Jay-Z), le hicieron caricias y la abrazaron. La enfermera que controlaba los signos vitales les dijo:

Aunque estaba en coma inducido y se suponía que no podía escuchar nada, le cayó una lágrima.

Era 29 de marzo. Sofía tenía treinta y un años y habían pasado tres desde el primer diagnóstico.

Uno pensaría que en ese instante termina todo. Pero la verdad es que no es así. Hay un después, se quiera o no. Y entonces empieza otro camino.

Fuente: telam

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