29/01/2026
“¿Alguna vez habías visto tantos funerales?”: fragmento de ‘Pálido caballo, pálido jinete’, de Katherine Anne Porter
Fuente: telam
La editorial Palmeras Salvajes acaba de publicar, en una nueva edición, tres novelas cortas de la gran autora estadounidense ganadora del Book Award y el Pulitzer de Ficción
>La editorial argentina Palmeras Salvajes acaba de reeditar Pálido caballo, pálido jinete, de Katherine Anne Porter,. Se trata de un libro singular y voluminoso: reúne tres novelas cortas donde se cruzan la memoria, el ensueño y la evocación como materiales para construir la identidad de sus protagonistas. Las historias exploran el paisaje emocional de sus personajes a través de recuerdos fragmentados, alternando entre lo vivido y lo imaginado.
La tercera novela del volumen, que le da título al conjunto, ubica a su narradora ante la inminencia de la muerte y permite a Porter testimoniar la devastadora epidemia de gripe española que azotó las ciudades de Estados Unidos hacia el final de la Primera Guerra Mundial. En este relato, la autora adopta la perspectiva de una enferma, quien percibe un entorno distorsionado por la fiebre y los símbolos delirantes, donde la guerra se impone como un fondo omnipresente. Según Carlos Gamerro, “este libro es sin duda uno de los trabajos más relevantes de Katherine Anne Porter y de la literatura sureña estadounidense, donde se conjugan el realismo psicológico y social con los temas más característicos del gótico. Con ironía magistral, la autora destaca la banalización de los discursos heroicos en los Estados Unidos y el paso inevitable a una tragedia nacional”.En las otras dos piezas que integran el volumen, Las muertes pasadas y Vino al mediodía, Porter se aproxima tanto a la infancia como a la tragedia familiar. La primera narra el despertar de la identidad y la memoria a través de la mirada de Miranda, niña que interpreta las leyendas transmitidas por su familia como un universo lleno de misterio. La segunda, ambientada en el sur de Texas, incursiona en el gótico sureño para abordar los oscuros lazos de una familia marcada por el infortunio.A continuación, fragmentos de esta nueva edición a cargo de Palmeras Salvajes:
Mientras caminaban a la par, con las robustas botas de él, de buena confección y lustre, dando pasos decididos junto a las botas de gamuza de ella, de suela tan finita, ambos trataban de estirar lo más posible ese tiempo juntos, y mantuvieron hasta donde pudieron esa conversación casual que iba y venía por los pequeños surcos en la capa más superficial del cerebro, esas cosas que se decían y que enseguida calzaban como anillo al dedo, tranquilizadoramente, sin perturbar la luminosidad que irradiaba ese milagro tan sencillo y encantador, el de dos personas llamadas Adam y Miranda, de veinticuatro años cada uno, vivos y en la Tierra en el mismo momento, diciendo cosas como: “¿Te gustaría que saliéramos a bailar, Miranda?” y “¡Siempre me gusta ir a bailar, Adam!”; pero había varios obstáculos en el camino, faltaba mucho para que llegara el día que terminara con ellos bailando.La verdad, pensó Miranda, esta mañana Adam parece fresco como una lechuga. En algún momento de la conversación él se había jactado de no haber tenido, hasta donde recordaba, un solo dolor en toda su vida. En vez de horrorizarse de semejante monstruo, a ella le pareció bien su monstruosa excentricidad. En cuanto a ella, había sufrido demasiados dolores como para mencionarlos, así que no los mencionó. Tres años trabajando en un periódico matutino le habían generado una ilusión de madurez y experiencia, pero deducía que en realidad no era más que el cansancio de vivir a contramano de lo que, según había aprendido de niña, eran los horarios normales, comiendo al paso en restaurantes de mala muerte, bebiendo un café espantoso toda la noche y fumando demasiado. Cuando le comentaba a Adam algo sobre el estilo de vida que ella llevaba, él le miraba bien la cara durante unos segundos, como si la estuviera viendo por primera vez, y decía sin rodeos: “Pero no te afectó en nada, estás hermosa”, y la dejaba en vilo, preguntándose si él habría imaginado que ella quería cumplidos de su parte. Y sí, los quería, pero no en ese momento. Adam también tenía los horarios trastocados, por lo menos durante los diez días desde que se habían conocido, quedándose despierto hasta la una de la mañana para llevarla a cenar; y también fumaba continuamente, aunque si ella no lo callaba él era capaz de ponerse a explicar con lujo de detalles las consecuencias del cigarrillo para los pulmones.—No —dijo Miranda—, pero importa todavía menos si una se va a quedar en casa tejiendo calcetines. Dame un cigarrillo, ¿sí?
—Claro, tejiendo calcetines —dijo él—, eso sí que es lo tuyo. Como si supieras tejer…
—Ah, bueno —dijo Adam, con el tipo de moral relajada que suelen tener los hombres en estos asuntos—, pero ese es tu trabajo, no cuenta.
—Me la dieron así nomás —respondió Adam—, sin motivo. En el frente están cayendo como moscas, de todas formas. Qué rara, esta nueva enfermedad. Te fulmina de un mazazo.
—Nunca. Bueno, seamos fuertes y no pensemos en eso. Me quedan otros cuatro días sacados de la galera y no hay tiempo que perder. ¿Qué hacemos esta noche?
—Qué trabajo el tuyo —dijo Adam—, todo el día de aquí para allá, de una locura a otra, y todo por un artículo.
Apoyaron los codos sobre la barra de un bar.
—Ah, pero no va a haber más guerras, ¿no leíste los diarios? —preguntó Adam—. Esta vez los vamos a sacar con los pies por delante, y así van a quedarse para siempre, punto final.
—Un café intragable —dijo Adam con cierta brutalidad, apartando su taza—. ¿Este es todo tu desayuno?
—Yo desayuné tortitas de harina de trigo, con salchicha y jarabe de arce, y dos tazas de café a las ocho en punto, y ahora me muero de hambre otra vez, me siento como un huérfano abandonado en un cesto de basura. Me podría comer un buen pedazo de carne asada con papas fritas y…
—El clima es perfecto —replicó Adam—, y la guerra me parece demasiado buena como para ser verdad. ¿Pero desde cuándo estás así? Ayer estabas de lo más bien.
—Me gustaría pasar toda la tarde juntos en un banco del parque —dijo ella— o ir en coche a las montañas.
—Sí, mañana, a menos que surja otra cosa. Me gustaría salir corriendo. Escapémonos los dos.
Seis meses, más bien. Una eternidad. Se lo veía tan despabilado y fresco, y nunca había sufrido un solo dolor desde que había nacido. Ella los había visto cuando volvían del frente y nunca recobraban ese talante.
—Cuando me enseñaron a usar la bayoneta el primer día de entrenamiento —dijo Adam—, destripé tantas bolsas de arena y de paja que perdí la cuenta. Nos seguían gritando: “Vamos, dénle al alemán antes de que les dé a ustedes”, y nosotros nos arrojábamos contra las bolsas como unos poseídos, y la verdad es que a veces me sentía un tonto cuando veía el hilito de arena que caía al suelo. Me despertaba en medio de la noche sintiéndome ridículo.
Se quedaron ahí, sin ganas de despedirse. Después de una breve pausa, Adam, como si quisiera seguir con la conversación, le preguntó:
—No mucha, supongo.
—Que sean diez y te acompaño —dijo Miranda.
—No seas vanidoso —replicó Miranda—. ¿Quién lo calculó?
Les pareció muy cómico, se doblaron de risa, inclinándose el uno hacia el otro, y Miranda notó que su propia risa era un poco estridente. Se secó las lágrimas de los ojos y dijo:
Adam tomó una mano de Miranda entre las suyas, retiró un poco las puntas de cada dedo del guante y los olió.
—Tal vez me puse demasiado —dijo ella—. Hoy no puedo ni oler, ni ver, ni oír. Debo estar muy resfriada.
Ella movió los dedos dentro del guante mientras él tiraba de las puntas y dio vuelta las manos como si fueran algo nuevo, curioso y de gran valor, y se puso tímida y callada. Le gustaba Adam, en serio, de hecho decir que le gustaba se quedaba corto, pero no tenía sentido imaginar nada, porque no podía pertenecerle ni a ella ni a ninguna otra mujer, ya estaba más allá de la experiencia, comprometido, sin saberlo y sin que mediara ningún acto de su parte, con la muerte. Miranda retiró las manos.
Subió corriendo y al llegar al final de la escalera se dio vuelta. Él la seguía mirando, y alzó la mano sin sonreír. Para ella no era común que la miraran después de despedirse. Muchas veces no podía evitar darse vuelta para mirar por última vez a la persona con la que había estado hablando, como si cortar cualquier vínculo que hubiera estrechado, hasta del modo más leve, fuese algo demasiado descortés y brusco, y esa última mirada pudiera salvarlo. Pero la gente se iba enseguida, ya con otra expresión en la cara, decidida, con prisa por llegar a su próxima parada, pensando qué iba a hacer o con quién se iba a encontrar luego. Adam la estaba esperando como si hubiera sabido que iba a darse vuelta, y debajo de sus cejas fruncidas sus ojos se veían muy negros.
Fuente: telam
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