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09/01/2026

“Durante años viví esforzándome para ser querida, hasta que entendí que era una trampa”

Fuente: telam

Hoy solo quiero ser quien soy sin tener que demostrar nada. Sin buscar aplausos, ni premios, ni reconocimiento. Quiero poder respirar sin tener que ganarme el aire. Estar en una reunión sin tener que impresionar a nadie. Existir sin que nadie me evalúe

>¿Cómo puede ser que me haya tomado tantos años entender lo que pasó? Durante más de dos décadas traté de desentrañar por qué aquel hecho me había perturbado tanto. Lo hablé en terapia y lo repasé mil veces sin poder llegar nunca al fondo. Todas las explicaciones eran parciales, frustrantes, ninguna daba en el blanco. Y hoy, mientras me duchaba, se hizo la luz. Pero no fue un milagro, se ve que mi cerebro había seguido procesando todo aunque yo no me diera cuenta.

Cuando mi jefe finalmente me mostró el análisis, quedé en shock. Si bien los resultados eran inobjetables, sentí una catarata de emociones. Mucha ambivalencia y sentimientos negativos. El de traición era mucho más fuerte que el orgullo que debía de haber sentido por tener un desempeño sobresaliente.

A medida que pasaron los días pude ir desgranando un poco aquel sentimiento. Indagar en lo que sentía hacia mi jefe no tenía mucho sentido porque nuestra relación no era buena. Además, ¿cuál era el problema si me evaluaba? Tampoco podía cuestionarle haberlo hecho a mis espaldas para asegurarse una objetividad que tal vez no hubiera conseguido si yo misma preparaba el informe. Más allá de nuestro vínculo tenso, esta pista no me llevaba a ningún lado; él estaba en todo su derecho de evaluarme de la forma en que quisiera.

Si racionalmente todo era claro y hasta entendible, ¿qué era lo que me había perturbado tanto? Si yo sabía que tenía un rendimiento buenísimo y que el informe solo iba a ratificarlo, ¿por qué quedé tan alterada?

Qué increíble haber tardado tanto en darme cuenta cuando es uno de los temas que atraviesa toda mi vida. A veces, lo evidente es lo que nos resulta más difícil de ver. Nuestras creencias fundacionales están ocultas a plena luz. El elefante en la habitación.

Así, sin darme cuenta, desde muy chica se fue instalando en mí una matriz de funcionamiento en la que tenía que mostrar resultados para llamar la atención. Para que me vieran. La emoción que había dominado mi vida era: “Si lográs, te valoro, si no te descarto”. Los resultados, entonces, se convirtieron en mi estrategia de supervivencia afectiva. El reconocimiento fue el sentimiento más parecido al amor que encontré en mi entorno.

Con la perspectiva que dan los años, pude entender algunas cosas: que los demás hicieron lo que pudieron y que el trabajo no era el ámbito adecuado donde buscar amor, aunque con frecuencia ahí también se jueguen nuestras necesidades más íntimas.

Hoy solo quiero ser quien soy sin tener que demostrar nada. Sin buscar aplausos, ni premios, ni reconocimiento. Quiero poder respirar sin tener que ganarme el aire. Estar en una reunión sin tener que impresionar a nadie. Existir sin que nadie me evalúe.

*Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

Fuente: telam

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