07/01/2026
Las musas de Matisse protagonizan una novela sobre secretos y tensiones familiares
Fuente: telam
La autora británica británica Sophie Haydock retrata en “Las mujeres de Matisse” las luchas, sueños y sacrificios de quienes influyeron en la obra de uno de los artistas más relevantes del siglo XX
>La vida y la obra de Henri Matisse han inspirado incontables estudios, pero pocas veces se aborda la influencia decisiva de las mujeres que lo acompañaron en su trayectoria. La escritora y periodista británica Sophie Haydock, colaboradora habitual de medios como el Sunday Times, Financial Times y The Guardian, y curadora del Festival del Libro de Folkestone en el marco de Creative Folkestone, ofrece una nueva mirada sobre el artista en su novela Las mujeres de Matisse.
En el siguiente fragmento, Sophie Haydock explora los vínculos, sacrificios y tensiones que definieron la intimidad y el arte del célebre pintor francés.
ULTIMÁTUM
Madame Matisse entra en la habitación de Lydia con un tenedor afilado en el bolsillo. Todo está ordenado, en su sitio, con los lomos de los libros alineados y tres peras situadas en el alféizar de la ventana separadas por una distancia satisfactoria; todo está igual que la última vez que entró a echar un vistazo a la estancia. Esa mujer lleva casi toda una década viviendo en Niza junto a madame Matisse y a su esposo, pero ¿qué sabe en realidad Amélie de la misteriosa Lydia Delectorskaya?
Cuando Lydia llegó, una desconocida extranjera de veintidós años con poca fortuna, había sido una más de una larga hilera de chicas, a las que contrataron para echar una mano por la casa y ayudar a Amélie conforme se deterioraba su salud. Lydia, discreta, eficiente y encantadora, resolvió todos los problemas sin armar escándalo y sin ponerse nerviosa, y qué maravilla había sido encontrar a alguien que no contestara ni se tomara libertades.
Henri apenas se había fijado en ella durante aquellos primeros años. No quería que nadie interfiriese en su estudio y tampoco aspiraba a atraer a la muchacha, claro está. No era su tipo.
Los Matisse habían tratado muy bien a todas las chicas a las que habían contratado; les habían pagado un sueldo más alto de lo necesario y habían retorcido las reglas para asegurarse de que ofrecían cierta estabilidad. Habían sido amables. Pero ahora Amélie lo ve con claridad: esa mujer se había aprovechado de su naturaleza afable y de su constante estado de salud delicado para infiltrarse en el tejido de su casa y convertirse en alguien indispensable. Ahora Amélie tan solo ve a su esposo durante las comidas, cuando se terminan el plato el uno delante del otro en silencio. Henri se pasa el día con Lydia, haciendo a saber qué...
Merodea por la habitación, y su bastón golpea los tablones de madera del suelo de forma insistente.
El aire es húmedo, que no parece propio de un lugar como Niza, famoso por los veranos sofocantes. Aquí es donde los bañistas se chamuscan en la orilla o se mecen en el mar sensual.Ha pasado mucho tiempo desde que la propia Amélie disfrutara por última vez de alguno de esos placeres. Su enfermedad crónica y sus dolores de espalda y de barriga, así como los accesos de apatía e impotencia —que la han embargado desde que nacieran sus hijos—, implican que debe pasar largas temporadas en cama.Su oído ya no es el que era, pero su visión es muy nítida.
No sabe nada del anterior propietario. ¿Un amante, quizá, un hombre del pasado de Lydia?
Juguetea con los cierres del maletín. Con un poco de suerte, Lydia lo habrá dejado abierto. Pero no es así. Lydia conserva su intimidad con una intensidad feroz. En todo el tiempo que hace que Amélie la conoce, a la mujer casi nunca se le ha escapado una breve anécdota de su vida fuera de aquellas cuatro paredes ni de la época previa a convertirse en ayudante del hogar de los Matisse. Amélie a menudo se ha preguntado cómo debe de ser crecer en Siberia y por qué la muchacha ha terminado en Francia y sola.
La primera pregunta cuya respuesta quiere obtener, sin duda, es qué poder cree Lydia que ejerce sobre su marido. Los dos se han vuelto íntimos y son estúpidos si piensan que ella no se ha percatado. Tan solo un astuto observador se habría dado cuenta, pero aquella mujer es implacable, siempre buscando extraer lo que pueda de cualquiera, mientras que Amélie se ha visto empujada cada vez más hacia un segundo plano, hasta llegar a ser una extraña en su propia casa. En cada rincón se encuentra el rastro de Lydia y sus propias verdades eliminadas.Todos aquellos que la rodean parecen haber olvidado un dato crucial: Amélie es tremenda. Quizá tenga sesenta y siete años, cada vez menos cabello y las caderas anchas y lentas, pero no es una mujer boba dispuesta a permitir que la releguen a una nota al pie de página de la historia de otro hombre. Es cierto que con los años tal vez haya perdido algo, pero por dentro tiene una constitución de fuego, que se alza más competente y dinámica cuando la casa estalla en llamas a su alrededor. Al final, Amélie ha sobrevivido a todo, y junto con Henri han logrado lo imposible contra todo pronóstico.
Aunque en aquel momento ella lo dejó correr, no piensa volver a hacerlo. Marguerite, su propia hija, le ha pedido a Amélie que busque pruebas, algo que dé respaldo a sus preocupaciones. A Marguerite nunca le ha caído bien Lydia y también recela bastante de la dependencia que siente su padre hacia otra persona.
Esta vez, mientras Lydia ha salido para hacerle unos recados a Henri, Amélie ha venido preparada. Saca el cubierto de la bata para forzar la cerradura del maletín. Mete las puntas del tenedor en el cierre y tensa la muñeca. Ya casi...
—Ni se le ocurra —le advierte Lydia, con los ojos ardientes clavados en el maletín.
—Si mi esposo te escribe y te da regalos, tengo derecho a saberlo.
—No sería la primera vez que rompe mi confianza —añade Amélie—, así que perdóname si en esta ocasión me niego a cerrar los ojos ante mis sospechas.
—¿Por qué no abres el maletín y dejas descansar a mis miedos?
—En ese caso, yo sacaré mis propias conclusiones, si no te importa.
Debajo de las hojas brilla un destello metálico.
Si en esta casa hay una pistola, eso lo cambia todo.
Fuente: telam
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