07/01/2026
Cuarenta años sin Juan Rulfo: dos libros, ninguna magia y una violencia que todavía habla
Fuente: telam
El autor mexicano sigue siendo leído como un escritor “silencioso” y asociado al realismo mágico. Pero su mínima obra —'El llano en llamas’ y ‘Pedro Páramo’— lo dice casi todo
>Juan Rulfo (16 de mayo de 1917-7 de enero de 1986) publicó poco. Muy poco. Dos libros bastaron para fundar una de las obras más influyentes de la literatura latinoamericana del siglo XX. En una época que premia la productividad constante, la visibilidad permanente y la opinión inmediata, esa economía extrema parece hoy un gesto casi subversivo. Pero el silencio posterior de Rulfo no fue un vacío: fue la consecuencia de haber dicho todo lo que tenía para decir.
El mito del Rulfo bloqueado persiste, pero resiste mal la lectura atenta de su obra. No dejó de escribir porque no pudiera hacerlo, sino porque ya había llegado al núcleo de su mundo literario. No le interesaba repetirse ni convertirse en administrador de un estilo exitoso. Escribir, para él, no era producir sino escuchar. “Yo escribo lo que oigo”, dijo alguna vez: no lo que invento, no lo que imagino, sino lo que permanece como eco.
“Nos han dado la tierra.”
Asociar a Rulfo con el realismo mágico es una forma de neutralizarlo. Pedro Páramo se abre sin misterio ni encantamiento:
Lo que impulsa la novela no es la maravilla, sino la deuda: la búsqueda del padre, la orfandad, la promesa incumplida. Comala no es un pueblo mítico, sino un territorio devastado por la violencia histórica. El propio narrador lo advierte:
No hay magia en ese infierno. Hay despojo, caciquismo, abuso de poder. Pedro Páramo no es una figura fantástica: es un terrateniente reconocible, producto del México rural posterior a la Revolución, donde la promesa de justicia social se diluyó en la concentración de tierras y en la impunidad local.
“Aquí no hay más que muertos,”
Tanto en El llano en llamas como en Pedro Páramo, la violencia aparece sin adornos ni moralejas. No hay aprendizaje, no hay redención. En “Diles que no me maten”, la súplica desesperada resume una vida entera atravesada por la culpa y el miedo:
La frase se repite como un eco inútil. La violencia llega tarde, como casi todo en Rulfo. No enseña ni purifica: persiste.
“Yo sabía que a Tanilo Santos se le iba acabando la vida.”
El campesino rulfiano no es héroe ni emblema identitario. No hay folclore ni exaltación de lo popular. El campo no aparece como origen ni refugio, sino como callejón sin salida.
La economía de Rulfo no es solo cuantitativa, sino formal. Frases breves, diálogos cortados, repeticiones mínimas, silencios que pesan más que las palabras. El lenguaje parece tan erosionado como el paisaje que describe. En Pedro Páramo, una de sus frases más citadas condensa esa poética:Una línea mínima que abre un mundo entero: presencia, memoria, regreso, muerte. Nada sobra. Nada se explica.
Leer a Rulfo hoy no es un ejercicio nostálgico. Su mundo dialoga con debates contemporáneos: la violencia estructural, el abandono estatal, las comunidades desplazadas, las voces expulsadas del relato oficial. Cuando uno de sus personajes confiesa:
No habla solo por sí mismo. Habla por generaciones enteras.
Fuente: telam
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