03/01/2026
De la invisibilidad a la reivindicación: la artista de la firma oculta que se convirtió en la primera arquitecta de la historia
Fuente: telam
La travesía de Plautilla Bricci, pionera del Barroco romano, enseña cómo una artista relegada al anonimato rompió barreras de género y logró un reconocimiento que hoy inspira a nuevas generaciones en el mundo del arte y la arquitectura
>El arte y la historia tienen caprichos extraños. A veces, figuras monumentales permanecen en las sombras durante siglos, esperando el momento justo para ser redescubiertas. Tal es el caso de Plautilla Bricci (1616-1705), una artista, y, lo que es aún más asombroso para su tiempo, una “arquitectrice” (como ella misma se denominó en un documento contractual), cuya vida desafía las convenciones del Barroco romano. Su historia no es solo la de una mujer talentosa, sino la de una pionera que rompió moldes en un mundo donde el diseño y la construcción eran dominios exclusivamente masculinos.
Para entender la magnitud de la hazaña de Plautilla, debemos situarnos en la Roma del Seicento. Una ciudad efervescente, epicentro del arte barroco, con figuras de la talla de Bernini y Borromini dominando el panorama, pero con estructuras sociales y de género inamovibles. Las mujeres artistas existían, sí (pensemos en Artemisia Gentileschi, aunque su lucha fue diferente y en un ámbito más acotado a la pintura de caballete), pero en el campo de la arquitectura, la presencia femenina era simplemente inexistente. El acceso a los gremios, a la educación formal y, sobre todo, a la supervisión física de las obras de construcción, estaba rigurosamente prohibido para el “bello sexo”.
Este entorno familiar le proporcionó las herramientas, la formación inicial y, crucialmente, la protección para desarrollar su talento. Sin embargo, su salto de pintora a arquitecta, una transición casi impensable, se dio bajo el mecenazgo del abad Elpidio Benedetti, un influyente clérigo y diplomático, secretario del Cardenal Mazarino.
La obra maestra arquitectónica de Plautilla fue la Villa Benedetta, también conocida popularmente como “Il Vascello” (El Buque) debido a su forma inusual y su ubicación espectacular en la colina del Janículo, con vistas a Roma y al Vaticano. Era una villa que combinaba elementos campestres y urbanos, con una innovadora gruta artificial en la entrada, un elemento renacentista reinterpretado con un toque naturalista y atrevido que fascinaba a los visitantes.
Elpidio Benedetti, consciente de la singularidad de la obra y de su “arquitectrice”, publicó en 1677 una guía detallada de la villa, bajo el seudónimo de Matteo Mayer. En este libro, si bien atribuía públicamente el diseño a Basilio (por las convenciones sociales de la época y para evitar el escándalo), los documentos contractuales, los registros de pagos y los planos originales, hoy estudiados meticulosamente por expertos, confirman sin lugar a dudas que la mente maestra detrás de la edificación era Plautilla. La historia fue reescrita por la sociedad, pero los archivos guardaron la verdad.
En esta iglesia, Plautilla diseñó la Capilla de San Luis, completada en 1677. Es un espacio íntimo y detallado, donde su pericia como pintora y su visión como arquitecta convergen de manera sublime. Realizó el retablo principal, que representa a San Luis IX de Francia entre la Historia y la Fe, y se encargó del diseño y la decoración de todo el entorno, desde los mármoles hasta los estucos, demostrando su completo dominio del espacio y la luz. Esta capilla es una joya del barroco que lleva su firma inconfundible y es prueba irrefutable de su talento y su rol como arquitecta consumada.
Para que una mujer pudiera desarrollar una carrera, necesitaba cumplir condiciones casi milagrosas: pertenecer a una familia de artistas (su padre y hermano fueron su “taller-universidad”), contar con un protector poderoso (el abad Benedetti fue su escudo social) y, fundamentalmente, mantener la decencia y la fe. Plautilla nunca se casó. Su piedad y su vida monacal la protegieron del escrutinio social, a diferencia de otras artistas como Artemisia Gentileschi, cuya vida personal fue un campo de batalla pública.
Su condición de mujer arquitecta era tan anómala que tuvo que recurrir a la figura legal de la “feme sole” (mujer soltera), lo que le permitía firmar contratos y gestionar propiedades, algo impensable para una mujer casada, que estaba legalmente subordinada a su marido. El principal desafío no era solo social, sino práctico. La arquitectura barroca era una disciplina que requería presencia física en las obras, la gestión de equipos de albañiles y artesanos, y la negociación constante. Plautilla tuvo que navegar este mundo con una destreza diplomática notable, y su autoría a menudo se difuminaba intencionadamente para cumplir con las formas.Plautilla Bricci no era solo una arquitecta; era una artista completa, una verdadera mujer del Renacimiento que floreció en el Barroco. Su técnica es una síntesis fascinante de sus habilidades como pintora y su comprensión de la escala y el espacio. Su estilo se caracteriza por un uso vibrante del color y una notable sensibilidad hacia la luz, elementos que trasladó con maestría a sus diseños arquitectónicos.Como arquitecta, demostró una comprensión sólida de los principios vitruvianos y de la tratadística de la época. Su visión holística del diseño abarcaba desde el plano general de un edificio hasta el último detalle decorativo, como se evidencia en los contratos donde se especifica que ella es responsable de la “invención” (el diseño) y la “dirección” (la ejecución) de la obra.
Para dimensionar la hazaña de Plautilla, es crucial entender el destino de la mujer promedio en la Roma del siglo XVII. La vida estaba definida por la posición social y, en la mayoría de los casos, confinada al ámbito doméstico. Para las mujeres de clase alta y la pequeña nobleza, el ideal era la matrona, la esposa respetable dedicada a la administración de la casa y la crianza de los hijos. Realizar labores de costura e hilado eran símbolos de virtud femenina, y la educación se limitaba a prepararlas para el matrimonio o el convento.Las mujeres de clases más bajas, si bien podían trabajar fuera de casa por necesidad, lo hacían en ocupaciones de bajo estatus y peor pagadas que las de los hombres: vendedoras ambulantes, cocineras, parteras o sirvientas. La prostitución y el teatro eran vistos como trabajos deshonrosos. Plautilla Bricci fue una anomalía. Su éxito se debió a esa combinación única de talento excepcional, que le otorgaba ciertas libertades legales que el 99% de sus contemporáneas ni siquiera podían soñar.Su historia, recuperada del olvido por el trabajo de investigación y la literatura, obliga a reconsiderar la historia del arte y la arquitectura. Su figura desafía la narrativa de que las mujeres solo podían ser musas o pintoras de naturalezas muertas. La exposición dedicada a ella en la Galería Corsini de Roma, titulada Una rivoluzione silenziosa (Una revolución silenciosa), marcó un hito en su reconocimiento oficial.
Fuente: telam
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