02/04/2025
“Cada día es una vida”: qué hay detrás de las voces prohibidas e inquietantes de los criminales

Fuente: telam
El periodista y escritor argentino, autor de “Leyenda negra”, cuenta la trastienda de los relatos de su nuevo libro construido con testimonios reales, en un límite perturbador entre la ficción y la no ficción
>Hace ya unos cuantos años, cuando trabajaba como cronista policial, fui a la cárcel de Coronda para entrevistar a un preso que esperaba condena por su participación en el secuestro extorsivo de un empresario. Este preso había pedido la entrevista para defenderse y se mostró muy accesible a mis preguntas, pero de pronto pareció fastidiarse ante las acusaciones que yo desgranaba: “¿Sabés qué pasa? –me dijo- En las crónicas policiales hablan los policías, hablan los jueces, hablan los peritos, hablan los testigos, hablan los vecinos, habla cualquiera que pasa por la esquina, pero no hablan los que saben, no hablan los delincuentes”. En el momento lo dejé pasar, pero esas palabras todavía me resuenan como un llamado de atención y podrían ser un epígrafe a mucho de lo que escribí en crónica y en narrativa.
Como periodista y como escritor de historias criminales me interesa escuchar particularmente a aquellos cuya palabra no suele ser creída o parece tener menos valor que la de cualquier otro personaje. En la entrevista que mencioné, me di cuenta de que el preso de Coronda introducía algunas mentiras en su versión, o por lo menos afirmaciones que eran imposibles de verificar. ¿Qué podía saber, o mejor dicho, qué saber le iba a reconocer? Pero al mismo tiempo me di cuenta de que muchas veces, como tantos colegas, recibí versiones falsas de policías y jueces. Y sin embargo estamos dispuestos a suscribir estas versiones falsas, a dejarlas correr sin demasiada preocupación. ¿Entonces de qué lado estoy parado? Del lado del que escucha cómo alguien relata su historia, convencido de que no hace falta levantar un dedo acusador o estrechar la mano del otro porque un hombre (o una mujer), como decía Borges del Martín Fierro, se muestra al contar.
En otra entrevista, de la cual deriva uno de los cuentos de Cada día es una vida, me encontré con el abogado que había defendido a un hombre condenado a prisión perpetua por un femicidio. Este abogado me dijo que la palabra de su cliente valía “menos cero”, porque ya habían llegado hasta la Corte Suprema de Justicia de la Nación, los recursos habían sido desestimados en cada una de las instancias y aquel hombre iba a pasar toda su vida en la cárcel. No tenía sentido ocuparse de la historia. Para mí, sin embargo, esa palabra tenía valor, por lo que decía y por lo que callaba: por la forma en que desconocía el crimen, como testimonio de una vida que había pasado por normal y respetable hasta trasladarse sin escalas al círculo más despreciado de la cárcel, como revelador de una violencia que excedía a esa persona.En general traté de escribir en la perspectiva que Rodolfo Walsh introduce en una entrevista de Ricardo Piglia: “La elaboración del testimonio o del documento admite cualquier grado de perfección. En el montaje, en la compaginación, en la selección, se abren inmensas posibilidades artísticas”. Cambié los nombres y los lugares, saqué y agregué circunstancias, incorporé documentos judiciales, traté de retomar las voces de los personajes como si los tuviera delante, como si hablaran en mí, y todos esas modificaciones, en mi opinión, no hacen menos “reales” a los relatos de Cada día es una vida. Pero sí plantean la cuestión del género, porque si en un principio pensé que estos cuentos no eran (exactamente) ficción, me di cuenta de que tampoco eran (exactamente) no ficción.El último cuento del libro es “El loco de la Panamericana”, una reelaboración de la leyenda sobre un asesino serial de travestis que según muchos testimonios actuó entre fines de los años 80 y mediados de los 90. Este relato tiene su origen en otra entrevista periodística, que hice a las integrantes del Archivo de la Memoria Trans, cuando el Archivo estaba todavía en proceso de organización, y en particular con una de sus organizadoras, Carla Pericles (1953-2020).
Hay muchas versiones y testimonios sobre este personaje, que nunca fue identificado y que podría haber sido un policía o bien varios policías o proxenetas o un comando parapolicial o un nombre para la violencia homicida que cobró la vida de muchas travestis en la época. Lo que me impactó en particular fue que Carla Pericles contaba una experiencia personal al respecto, era la historia de primera mano: ella había sobrevivido a un ataque del asesino –al que llamaron también “el atrapa mariposas”, o “el cazador de mariposas”- y le dio una paliza. Esa paliza fue, además, el único castigo que recibió el asesino. Trabajé en distintos registros sobre la historia –incluso en una Mi relato, en Cada día es una vida, transcurre sobre el trasfondo histórico; más allá del enigma alrededor del asesino, el caso es emblemático de la violencia extrema padecida por las travestis hasta muy avanzada la democracia y quise exponerlo: no fue solo la violencia ejercida por la policía sino por amplios sectores de la sociedad. Me interesó también trabajar el lenguaje de las travestis, su visión del mundo y sus valores, que hoy vuelven a estar en peligro con los discursos y acciones de odio que son parte de la vida cotidiana. “El loco de la Panamericana” tuvo además una versión en el podcast Nadie es inocente, con un elenco encabezado por Romina Escobar; esta versión estuvo disponible hasta que el gobierno nacional dio de baja la plataforma Contar.Las historias criminales suelen centrar el foco en los protagonistas de esos horrores y encontrar “monstruos” que existirían aislados en la sociedad, fenómenos que en todo caso se atribuyen a familias disfuncionales o a rarezas psiquiátricas; y los monstruos, a pesar del espanto que provocan, son finalmente tranquilizadores porque nos exculpan y nos ahorran la reflexión sobre ideas que son parte del sentido común y nutren la violencia como un producto cabal de la sociedad que integramos.
Fuente: telam
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