Jueves 27 de Marzo de 2025

Hoy es Jueves 27 de Marzo de 2025 y son las 21:12 ULTIMOS TITULOS:

25/03/2025

“Hay un fusilado que vive”: el valiente oficial de la Armada que le reveló a Rodolfo Walsh que se había cometido la masacre de José León Suárez

Fuente: telam

La historia de Jorge Dillon el marino que contó la verdad sobre los fusilamiento del 1956. Tanto Walsh -secuestrado y desaparecido por un grupo de tarea de la ESMA el 25 de marzo de 1977- como Enriqueta Muñiz, su asistente, preservaron el nombre de quien dio la primera pista sobre los asesinatos cometidos por la dictadura de 1955

>El cronista leyó por primera vez “Operación Masacre” en un libro de mala edición que estaba en la biblioteca de su padre. Corría 1970 o 1971 y lo agarró porque eso de “masacre” le interesó, quizás porque la palabra sonaba truculenta y al pibe de 14 o 15 años le gustaban las novelas policiales del Séptimo Círculo, aunque ese libro no lo fuera. Hubo dos cosas que le pegaron fuerte: una, que eso que se contaba ahí fuese cierto, porque era la primera noticia de que algo así hubiese ocurrido; la otra, que un tipo le hubiera dicho a otro tipo que había “un fusilado que vive” en el mismo lugar donde el cronista -que aún no lo era – jugaba al ajedrez cuando se rateaba del Colegio Nacional. El lugar era el bar Rivadavia, en 50 entre 7 y 8, de La Plata, pero lo que contaba el libro había ocurrido en 1956, el mismo año en que el cronista, que no sabía nada de fusilamientos, nació en La Plata. Eran cosas de otro tiempo, pero ese era el lugar.

Se trataba de los fusilamientos ilegales de civiles en un descampado de José León Suárez, provincia de Buenos Aires, un crimen aberrante que, cuando se cometió y aunque lo era, ni siquiera entraba en la todavía inexistente categoría de terrorismo de Estado. Aunque no venga al caso, esa obra de Walsh anticipó un nuevo periodismo que, por escribir en países centrales, cultivarían después otros grandes periodistas como Truman Capote y Tom Wolfe, o de manera más latinoamericana, Gabriel García Márquez.

La primera pista –que pareció resolver el enigma- surgió con la publicación de los cuadernos personales de Enriqueta Muñiz, la colaboradora de Walsh en la investigación de los fusilamientos, en 2019. Con el título de “Historia de una investigación” –así decidió ponerlo en circulación Editorial Planeta– esos cuadernos revelaban que: “...el martes 18 de diciembre (de 1956), Walsh se encontró casualmente con un amigo, Enrique Dillon, quien le relató la increíble historia de diez fusilados inocentes, ajusticiados por la policía provincial en la noche del 9 al 10 de junio de 1956″. El misterio quedaba así finalmente develado, sin que quedara lugar para dudas. Enriqueta Muñiz había escrito de puño y letra el nombre de aquella fuente: Enrique Dillon.

El cronista pudo averiguar que Enrique Dillon era un poeta y escritor platense y tenía casi la misma edad que Rodolfo Walsh. Trabajaba como empleado en una de las sucursales del Banco Provincia de la capital bonaerense y dedicaba sus ratos libres a la escritura y al ajedrez, dos pasiones que compartía con su amigo periodista. Vivía en una casa de la calle 46, entre 4 y 5, a menos de diez cuadras de la casa donde por entonces Walsh vivía con su mujer, Elina Tejerina, y sus dos pequeñas hijas, Victoria y Patricia, en la calle 54, entre 3 y 4. Los dos amigos solían encontrarse en el bar Rivadavia, de la calle 50, entre 7 y 8, el mismo en el que –según se deduce con claridad del prólogo de “Operación Masacre”- estaba Walsh la noche del 9 de junio de 1956, cuando se produjo el levantamiento del Regimiento 7 de Infantería de La Plata, al mando del teniente coronel Oscar Cogorno, leal al general Juan José Valle, jefe de la sublevación.

Pero –se preguntó el cronista- ¿Cómo sabía de los fusilamientos clandestinos y de la supervivencia de un fusilado un empleado del Banco Provincia totalmente ajeno a los hechos de la noche del 9 de junio? ¿Quién fue realmente la fuente que puso a Walsh detrás de la pista del “fusilado que vive”?

Era necesario volver a leer, con mucha más atención, “Operación Masacre”. En la tercera parte del libro, titulada “La evidencia”, Rodolfo Walsh transcribe la declaración judicial de un oficial retirado de la Armada Argentina que se presentó “espontáneamente”. Así lo resalta Walsh, para dejar en claro que ese testigo se presentó por propia voluntad ante el juez, sin haber sido citado por la Justicia. Al contrario de lo que hace con los otros protagonistas del caso –los fusilados sobrevivientes, sus familiares, los abogados, los policías involucrados-, Rodolfo Walsh no describe a esa persona, no dice haberla entrevistado –o, al menos, haberlo intentado-, extrañamente evita dar precisiones. Y, sin embargo, esa era una pieza clave para el esclarecimiento del caso.

La declaración comienza a fojas 42 de la causa y Walsh la transcribe textualmente: “Que en la madrugada del 10 de junio último, aproximadamente a las 0.45 horas, el declarante se encontraba en su domicilio, que está ubicado frente al Departamento de Policía, y al escuchar el tiroteo con que empezó el asalto a dicha dependencia, el que habla, arma en mano, se internó en el Departamento y desde allí colaboró en la defensa del mismo (...) que de esa manera se encontró presente en el asalto a que ha hecho referencia y participó de la represión del mismo; que cuando ya se había sofocado el movimiento en cuanto al ataque a la Jefatura, siendo pasadas las 4 de la madrugada, llegó el jefe de Policía conjuntamente con los cadetes de la escuela Vucetich y demás personal, y los que habían defendido el edificio descendieron la escalinata, donde ocurrió el encuentro con los recién llegados, intercambiándose impresiones y relatos sobre los hechos ocurridos, … en esa oportunidad el que habla oyó decir al señor jefe de Policía teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, dirigiéndose no recuerda el deponente si al señor Gesteira u otro funcionario, textualmente las siguientes palabras: ‘Transmita la orden a la Unidad Regional de San Martín para que se fusile de inmediato a ese grupo de personas que yo he detenido’, siendo la orden transmitida por radio”.

Para quienes no están familiarizados con el hecho, vale recordar que el coronel Cogorno, tras tomar el Regimiento 7 el 9 de junio de 1956 se dirigió a la jefatura policial con el propósito de rendir al personal allí acuartelado y así contribuir con uno de los focos del levantamiento del general Valle. Sin embargo, la resistencia fue muy alta y Cogorno se retiró con otro oficial en un auto. A la altura de Brandsen pararon a cargar combustible, fueron identificados por la vestimenta, capturados y fusilados el 11 de junio.

De la lectura de la declaración se desprende indudablemente que ese testigo aporta pruebas sobre la hora de la madrugada del 10 de junio en que se dio la orden de fusilamiento de los civiles detenidos desde la noche anterior en la Unidad Regional de San Martín. Además, es preciso respecto de quién impartió la orden, sobre quién la llevo a cabo y también conoce la existencia de fusilados que han logrado escapar y sobrevivir.

Resulta inverosímil –si se lee ingenuamente el libro- que Walsh no haya por lo menos intentado entrevistar a ese testigo fundamental, sobre todo porque lo tenía ahí, podría decirse que “al alcance de la mano”. El testigo que se presentó espontáneamente ante el juez era el teniente de fragata (RE) Jorge Rodolfo Dillon. Esa era la fuente primigenia, y claro que Walsh la entrevistó. Enrique, primo hermano de Jorge, había sido el nexo entre los dos.

“Enrique era escritor y poeta y, bueno, se conocía con Rodolfo Walsh... De ahí surgió el contacto de mi padre con él. No sé exactamente si Enrique lo fue a ver a papá, o papá a Enrique, no sé cómo habrá sido porque yo era muy chica, pero sí recuerdo que se encontraron. Papá actuó con total honestidad y rectitud. Por eso se presentó ante el juez y accedió a entrevistarse con Walsh. Seguramente ese fue uno de los hilos que le sirvieron a Walsh para escribir ‘Operación Masacre’. Uno de los lugares donde se reunieron fue en un café y, aunque no estoy segura, creo que Walsh vino también a nuestra casa”, le contó Verónica Dillon al cronista cuando la entrevistó en 2019 y lo reiteró para esta nota. Verónica es la mayor de los tres hijos del teniente de fragata (RE) Jorge Rodolfo Dillon, ya fallecido. Cuando ocurrieron los hechos era una niña pequeña, pero sus recuerdos son nítidos porque fue un asunto sobre el que durante años se conversó en la intimidad de su casa y por las consecuencias que acarreó a su padre y a toda la familia.

De todos modos, el teniente Jorge Dillon no se mantuvo en las sombras. Su presentación ante la Justicia no fue como testigo reservado sino con nombre y apellido. Lo que no se reveló en aquel momento –y Walsh no lo hizo nunca– fue su aporte fundamental para la investigación del autor de “Operación Masacre”. “Recuerdo que empezó a haber problemas por haber dicho la verdad, porque él había tenido una actitud que lo hacía sospechoso para la misma fuerza. Tampoco lo querían ‘del otro lado’, pasó a ser sospechoso por todos lados por el solo hecho de decir la verdad”, recuerda Verónica.

“En 1956 papá estaba retirado de la Marina, tenía retiro efectivo, pero en un momento lo convocan para intervenir la Obra Social de la policía. Nosotros vivíamos frente a la Jefatura, en 51, entre 2 y 3 – contó la hija del teniente retirado en coincidencia con los datos que figuran a fojas 42 de la causa por los fusilamientos clandestinos.

Al retirarse, Dillon ejerció varios “oficios terrestres”, una categoría utilizada por el propio Walsh para referirse a sí mismo. “Cuando lo retiraron, papá puso un criadero de pollos, luego de conejos de angora, recuerdo que nosotros éramos chicos y los esquilábamos. Él, en realidad, había querido estudiar Arquitectura, pero con tres hijos era imposible ir a la universidad y trabajar. Además, era muy lírico y profundamente humanista. Si bien su padre era ingeniero sonidista de la RCA Víctor, venía de una familia de escritores, poetas, músicos, todos muy ligados al arte”, contó Verónica.

Así, la identidad de la primera fuente de Rodolfo Walsh para Operación Masacre quedó clara: el teniente de fragata (RE) Jorge Rodolfo Dillon, testigo directo de hechos claves sobre los fusilamientos clandestinos, le relató lo sucedido a su primo –a quien lo unían el afecto y la confianza– y éste lo puso en contacto con Walsh. Jorge Dillon escuchó al jefe de la Policía Bonaerense, el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, ordenar la muerte de los detenidos en la Regional San Martín. También supo de boca del propio Fernández Suárez que hubo sobrevivientes de esos fusilamientos ilegales. Por eso se presentó espontáneamente en la Justicia y también aceptó entrevistarse con Walsh para darle información.

Tal como se dijo al principio de esta crónica, Rodolfo Walsh guardó silencio durante toda su vida sobre la identidad de ese informante clave. La preservación de las fuentes es una cuestión ética fundamental en el ejercicio del periodismo, también una práctica destinada a proteger a las personas que valerosamente se deciden a brindar una información cuya revelación puede acarrearles graves consecuencias. Cuando se hizo la revelación ya no podía traerle problema alguno al teniente de fragata (RE) Jorge Rodolfo Dillon; al contrario, si el periodismo es la primera versión de la Historia, le hizo justicia a la integridad y la valentía de un hombre que no dudó en arriesgarse para que se conociera la verdad sobre los fusilamientos clandestinos de la madrugada del 10 de junio de 1956 en un descampado de José León Suárez.

Fuente: telam

Compartir

Comentarios

Aun no hay comentarios, sé el primero en escribir uno!